Desayunar contra reloj, vestir niños, sacar perro al baño, prepararme para el trabajo, horas y horas de ver una pantalla y resolver asuntos, comer donde se pueda y lo que se pueda, más tráfico… y ¡¡al fin!! Llegué a mi clase de CrossFit. Esto le puede sonar familiar a dos que tres atletas de Cygnus y para nosotros los coaches resulta imposible ayudar con sus actividades cotidianas, lo que sí podemos hacer es asegurarnos que tengas unos fabulosos 60-75 minutos para relajarte y pasarla genial.

Todo comienza cuando cruzas la puerta, te encuentras a alguien conocido, sonríes y cambias la cara de algo serio a algo contento. Tu chamba es mantener esa sonrisa y transmitirla al resto de la clase. No tienes que ser el alma de la fiesta pero sí ofrecer una discreta y sincera sonrisa a los compañeros.

El balance de un coach reside en ser tan amable como estricto créeme… nadie se divierte cuando se lastima entrenando. Es por eso que debemos mantener un orden y estructura en la clase, dar indicaciones, explicaciones y demostraciones, lo cual es aburrido a veces. ¿Sabes cómo se quita lo aburrido? Preguntando mucho sobre los movimientos: qué peso, cómo se puede hacer mejor, por qué hacemos cierto skill y seguramente varias preguntas que ya estás pensando para hacerle a tu coach hoy que lo veas. La clase es para que te diviertas y sobre todo que aprendas mucho para que lleves el fitness a más personas y puedas ayudar a amigos que hagan ejercicio o a ti mismo para cuando no podamos verte.

Se trata de ir más allá de las paredes del box, que vuelvas contento a casa y sigas disfrutando tu día.

Pau de Prado